Mi alumna, mi esclava sexual de BDSM

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– Lista, esclava?…
– Sí, Amo…

Dicho esto medí mi fuerza para que no fuera ni muy suave, ni tan fuerte como para lastimarla y le descargué un primer azote que le cruzó ambas nalgas. El Chas! resonó en la sala. Cecilia cerró sus ojos, acuso el impacto, pero supo ahogar su grito y en su lugar contó de viva voz…

– Uno…

Hice una pausa, pero luego decidí darle unos cuantos azotes sin pausas, manteniendo un ritmo…

– Dos!… Tres!… FFFFF… cuatro!… FF ay!… cinco!… Ay, ay!.. seis!…

Continué con la seguidilla y después del séptimo, se le doblaron las piernas como queriendo dejarse caer. Rápidamente le metí mano en la entre pierna y la levanté. Pude sentir que su vagina estaba húmeda. Le ordené que se mantuviera firme. No podía abandonar esa posición. Continué castigándola y las lágrimas empezaron a surcar sus ojos, mientras sus carnosas nalgas se enrojecían y yo acariciaba mi pene, como pidiéndole paciencia… ya llegaría su turno. Tras el décimo cuarto azote hice una pausa. Cecilia los había contado todos entre quejidos y lágrimas. Yo levanté mi mano un poco más que en los anteriores y con firmeza le infringí el último suplicio.

– Ay!… quince… gracias, Amo, por el castigo, que es menos de lo que merecía…

Dicho esto apoyó su cabeza sobre el asiento de la silla y lloriqueó un poco. Sin perder tiempo, arrimé otra silla y la puse justo en frente a la de ella, asiento contra asiento. Me senté en ella y acercando mi pene a su rostro, la tomé por su cabello para dirigir su atención hacia mi excitado miembro. Al verlo, solo abrió su boca y lo recibió en ella sabiendo lo que tenía que hacer. Aún sollozaba al tiempo que me proporcionaba una colosal mamada, que dada la excitación que yo tenía, solo duró un par de minutos antes de llenarle la boca con mi leche caliente. Le dije que me la mostrara antes de tragarla y abriendo su boca, cumplió mi orden. Cómo me fascinaba el espectáculo de su delicada boca llena de mi esperma caliente, saboreándolo, manteniéndolo ahí hasta que le ordené tragarlo. Entonces cerró su boca y pude ver el abultamiento que bajaba por su cuello, al tragar todo el semen que le había descargado.

Luego le dije que se parara frente a mí y lentamente se fue incorporando. Intentó acariciar su cola, pero se lo impedí deteniéndola con mis manos. Le prohibí que se tocara o acariciara. Le expliqué que el dolor, tanto como el placer, era para sentirlo y asimilarlo. Tomé sus muñecas y las guié a rodear mi cuello, mientras yo la abrazaba por su cintura. Apoyó su cabeza en mi hombro y lloriqueó durante algunos minutos más, hasta que se calmó y volvió a agradecerme.

Después la llevé al baño y le froté un poco de alcohol en gel para su desinfección. Esto le provocó bastante ardor. Luego le apliqué una crema que suavizó su piel, la humectó, refrescó y la ayudó a calmarse. El resto de la tarde lo pasamos en el dormitorio, teniendo abundante sexo, rico en intensidad y placer. Cecilia se entregaba cada vez más y comenzaba a transformarse en una mujer capaz de vivir una notable plenitud sexual y sobre todo, me brindaba una maravillosa actitud de sumisión que sublimaba su entrega a mí. También disfrutamos de los momentos de descanso, en los que aproveché para entregarle su nuevo diario y le di un rato para que empezara a escribir sus primeras experiencias conmigo. En ese tiempo me dediqué a algunos quehaceres míos que tenía pendientes.

También le dije que quería anotarla en un club deportivo para que hiciera determinadas actividades físicas y otras disciplinas que servirían a su aprendizaje. El club sería elegido por mí, ya que tenía un amigo que era dirigente en uno muy adecuado para ella. Le pregunté si su madre tendría inconveniente en darle permiso y pagarle la cuota, a lo que me dijo que no habría problema… que de hecho ella misma le había insistido en que hiciera alguna actividad para distraerse y no estar tanto tiempo sola en su casa. De modo que mi plan de educación de mi esclava comenzaba a tomar forma.

Cuando me disponía a llevarla de regreso, le entregué un cd que había preparado para ella el día anterior y le di instrucciones de escucharlo en la cama, antes de dormirse y con auriculares. Debía hacerlo todas las noches y tenía masturbarse pensando en mí mientras lo hacía. Lo que ella no sabía era que yo le había mezclado mensajes subliminales a todas las canciones. Es sencillo hacerlos, si se cuenta con un buen programa de edición de audio. Los mensajes subliminales eran del estilo de: “Adoro el sexo con mi dueño, mi felicidad es ser esclava sexual de mi profe, hago lo que sea por mi amo sexual, etc”. No es que sean infalibles, ni mágicos. Pero en una persona que ya de por sí desea estas cosas, los mensajes refuerzan las ideas en gran manera. Luego la llevé al auto y partimos.